6/12/2026

Cuba: el turismo cubano sufre la inmensa pena de su extravío (y II) Por RAFAEL CABALLERO, presidente editor Grupo Preferente


El ministro Cienfuegos, tan seco como irónico, bautizó a Miguel Fluxá con el sobrenombre de “El estudiante”. Cada vez que el dirigente del Mintur le proponía un negocio, Fluxá le respondía que “lo estudiaría con cariño”. La primera oferta que le hicieron al presidente de Iberostar fue el complejo Neptuno/Tritón, las desvencijadas torres de Miramar. Fluxá las rechazó en primera instancia, pero con el tiempo las gestionaría como conejillo de Indias para cogerle el pulso al país. El empresario mallorquín, siempre cauteloso, analizó los primeros proyectos que le ofrecieron con su entonces director general, Antonio Pujol. Fue con el sucesor de este, José Antonio González, cuando, sin embargo, Miguel Fluxá dio el salto cuantitativo y cualitativo en Cuba (Cuba: el turismo sufre la inmensa pena de su extravío (I)).

Mientras Iberostar oteaba el horizonte del turismo en Cuba, Maciques y Leal trabajaban sin descanso en relanzar “la industria sin chimenea”. Los esfuerzos de ambos merecieron la pena. Compañías aéreas de Europa y Latinoamérica que no operaban con Cuba comenzaron a volar a La Habana y Varadero. Spanair puso una frecuencia semanal con el 767 y Air Europa otra con el 757. FIT Cuba, la feria de turismo cubana, empezó a despegar y durante años reunió en el Palacio de las Convenciones a multitud de expositores y visitantes. La vida fluía desde El patio en la plaza de la Catedral a la terraza del Inglaterra, desde la Bodeguita de Enmedio y la Floridita hasta La Cecilia, desde la Lonja al Vedado…Turistas de todo el mundo, incluidos los gringos, poblaron sus calles.

El hito hotelero, dicho queda, fue la apertura del Meliá Cohiba; y el éxito del negocio nocturno, la puesta en marcha del Habana Café. Esta sala de fiesta del gigante del Malecón acabó opacando en un corto espacio de tiempo a la celebérrima Tropicana. Gabriel Cánaves en boxes y Juan Carlos Villota al volante condujeron con tremendo oficio el Fórmula 1 del turismo. Con Pepe Casas, primero, y Paquito Caballero, después, el Habana Café vivió sus mejores momentos. El Meliá Cohiba no tenía la belleza arquitectónica del Nacional, ni mucho menos su rica historia, pero se convirtió en la mayor máquina de hacer dinero del turismo cubano. Y, además, en el entorno del hotel surgieron un sinfín de pequeños negocios que avivaron la zona desde la Avenida de los presidentes al túnel de Quinta.

Los presidentes del Grupo Prisa y BBVA con Paquito Caballero el 1 de enero de 2000.

La apuesta por el turismo llegó 35 años después del triunfo de la Revolución. El régimen cubano era poco partidario de una industria a la que consideraban ociosa y un tanto frívola. Pero los comandantes, con el gran jefe a la cabeza, hicieron de la necesidad virtud y recurrieron a ella para generar recursos y, de paso, para darle una pátina aperturista a la dictadura. El Estado se quedó para sí el control del Nacional, patrimonio arquitectónico e integrado en Gran Caribe. Igual sucedió con el Plaza, entre otros establecimientos emblemáticos. El Nacional fue el sueño de los hoteleros venidos de fuera, la novia que rechazó a sus incontables pretendientes. El general Tony Martínez estuvo al frente del hotel durante esos años del boom del turismo cubano.

Para el Habana Libre, otro hotel cargado de historia, sin embargo, no hubo reparo en darle la operación a una empresa extranjera. Se la concedieron a la Tryp de Rufino Calero, uno de los propietarios del madrileño Fénix. Calero salió por piernas del país al discrepar de la organización turística del castrismo. Los Escarrer, que poco más adelante compraron la hotelera madrileña, se quedaron con la explotación del antiguo Habana Hilton. Los mallorquines Perico Montaner y Martín Santandreu también se fueron del país, pero en este caso por iniciativa propia. Como oferta complementaria, Montaner y Santandreu crearon una excursión nocturna con un barco que replicaba a los del descubrimiento del continente. El barco cubría el recorrido entre el Morro y el restaurante 1830 y a bordo había música variada en cubierta e interior.

Los grandes logros de Maciques y Leal generaron envidia entre los mandos intermedios del Sistema. En Cuba se ve con mal ojo al vecino que triunfa. Poco a poco, a los dos artífices de la recuperación turística les fueron poniendo chinitas en el camino. La excusa para arrinconarlos nunca trascendió, pero el argumento soterrado fue el del descontrol sexual generado por el turismo. La prensa mundial hablaba sin cesar de las “jineteras”. Las Fuerzas Armadas pararon el desenfreno y los militares montaron su propia cadena, Gaviota, y su propio conglomerado empresarial, Gaesa. Gran parte de la economía cubana pasó a estar en manos de los militares. Y la exitosa e inmaculada trayectoria de Maciques y Leal fue olvidada con más pena que gloria.

Meliá, Iberostar y la canadiense Royalton, cuya llegada al país se produjo en los estertores de la Cubanacan de Maciques, sobrevivieron a los cambios del turismo impuesto por el Régimen. Hasta Osmany Cienfuegos pasó a mejor vida. Al frente de Gaesa pusieron al entonces yerno de Raúl Castro, Luis Alberto Rodríguez López Calleja. Manuel Marrero sería nombrado ministro tras el ínterin de Ibrahim Ferradaz. Marrero hizo grandes esfuerzos y la cadena Gaviota se convirtió en la deseada de los hoteleros por ser la menos burocrática y la más rápida en la ejecución de los proyectos. Pero nunca el nuevo turismo tuvo la aceptación de la época de Maciques y Leal. El yerno de Raúl Castro fue un militar respetado por los hoteleros y con prestigio en la cúpula militar. Pero Cuba es un país muy complejo en lo que nada es lo que parece.

Cuba vivió una segunda etapa turística exitosa entre 2015 y 2017. Fue cuando Raúl Castro y Barack Obama limaron asperezas. En ese escaso par de años los hoteles y los vuelos registraron una excelente ocupación. Todo el mundo pensaba que las relaciones entre ambos países se iban a reconducir. La visita de Obama fue un gran acontecimiento mundial y Cuba volvió a estar de nuevo en el mapa turístico. Las habitaciones del Cohiba que dirigía el magnífico Tuñón se vendían a 500 dólares la noche y no daban abasto. En 2016 el Iberostar Parque Central llegó a ganar 20 millones de dólares. Todo tipo de empresas de España, grandes bancos incluidos, se desplazaron a Cuba para analizar inversiones. Pero aquel entusiasmo duró poco porque la cúpula castrista rechazó la mano tendida de Obama y se refugió en el petróleo de la Venezuela chavista. De aquellos polvos, estos lodos.

Preferente vivió todas esas etapas, triunfales y fallidas, a través de este editor. No vale la pena contar los bloqueos informáticos padecidos por nuestros medios por las opiniones libres de Mato y de otros colaboradores. Mostrencos y obtusos los hay en todos los países. Bastante tienen con la inmensa pena de su extravío y con el dolor profundo de su partida, que diría el gran Miguel Matamoros. El periodista se queda con los boleros del Dos Gardenias, con el banquito blanco de hierro forjado del promontorio del Nacional y con la música y las risas en la 42. Y la esperanza de que cualquier cambio sea para bien y, sobre todo, sin derramamiento de sangre.

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