A nadie le puede parecer grave que una empresa como Amadeus construya el perfil de un viajero, determinando sus características a partir de la estadística que se acumula en sus ordenadores. Es lo que hacen todas las grandes compañías tecnológicas: saber si usted prefiere viajes largos o cortos, al frío o al calor, en primera clase o en turista, con tanto gasto por viaje, etcétera (Sanción récord a Amadeus por usar datos de viajeros sin consentimiento).
Sin embargo, sí es grave porque siempre se pueden añadir más datos y construir un perfil completo del cliente, hasta el punto de conocer casi todos sus comportamientos y, sobre todo, predecirlos. Eso es comercialmente valioso, pero política y éticamente deleznable porque permitiría a los poderosos predecir nuestros comportamientos, sobre todo en temas no comerciales, aunque ahora mismo a ellos les interese lo que tiene que ver con el dinero.
Por eso la sanción de 14,4 millones de euros de la Agencia de Protección de Datos a Amadeus, que construyó esos perfiles sin llegar a compartirlos con nadie. No los compartió, pero hay que tener la conciencia de que ese material vale oro porque nos permite saber qué viajes probablemente vaya a hacer una persona en el futuro.
En todo caso, si esto era así hasta ahora, con alguna legislación que nos protege –por ciento, aprobada después de que la tecnología estuviera plenamente desarrollada– nos podemos imaginar el efecto y el poder de la inteligencia artificial en el mundo de los viajes. Algo de lo que Amadeus va a quedar excluida pero no las tecnológicas aún más grandes, al fin y al cabo, cuatro o cinco grandes grupos estadounidenses y, tal vez, alguno chino.
Y todavía no tenemos legislación alguna que nos proteja, porque el legislador va siempre por detrás. Cuando va.

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