sábado, 14 de octubre de 2017

A votar por las caraotas, MIRO POPIC

En la primera receta de caraotas publicada en 1861, por J.A. Díaz, queda claro que para el gusto criollo es necesario un toque de dulzor: "Las caraotas y los frijoles se ponen a cocer en agua sola hasta que estén blandos: entonces se le agrega la sal y los aliños, y no antes porque la sal entorpece la cocción y los endurece, los aliños consisten en manteca, y para el gusto criollo un poco de dulce: algunos dientes de ajo pelados y machacados y un ligero picante de pimienta.

El ají tan agradable a los trabajadores, debe evitarse en lo posible por ser muy irritante, y caso de usarlo, debe ser con mucha moderación. Estas legumbres estarán mucho mejor guisadas de un día para otro". En mi casa estamos polarizados, por eso las preparo neutras y luego, una vez sancochadas, una parte se aderezan con papelón rallado o, en su ausencia, unas cucharadas de azúcar, a la manera caraqueña, y la otra con comino y picante, como las comen en el occidente del país, que es como me gustan a mí y así, todos contentos disfrutamos de las ansiadas negritas.

Hay consenso en todo lo escrito sobre las caraotas de su carácter de plato popular, policlasista, democrático.

Para José García de la Concha, en un escrito que habla de la Caracas de antaño, "las caraotas negras eran el plato de ley en toda mesa; principalmente, alimento de la pobrecía, las caldúas, las fritas y hasta las refritas, siempre fueron inseparables del arroz blanco". Ramón David León, en su Geografía gastronómica venezolana, comentando sobre el pabellón caraqueño, dice que "siendo la caraota negra plato eminentemente democrático, el alimento de las clases pobres, sabe penetrar en los comedores de grandes campañillas, y es muy solicitado por los pudientes". Similar opinión expresa Graciela Schael Martínez en su clásico libro La cocina de Casilda, donde escribe que se trata de un plato de acendrada raigambre criolla y de extraordinario poder alimenticio que goza de la mayor popularidad. "El rico ­dice­ no desdeña su presencia; la clase media se enorgullece de él y es frecuente verle en la mesa del campesino y del obrero como plato principal, sabiamente condimentado y acompañado de las típicas arepas o hallaquitas de maíz".

Sin caraotas negras no hay pabellón, que se fue gestando con el arroz blanco al que posteriormente se le agregó la carne mechada y el plátano maduro frito.

Es la forma más común de consumirlas. Pero luego están las mentadas fritas y refritas, que no son más que la manera inteligente de aprovechar las caraotas sancochadas del día anterior, transformadas en desayuno luego de escurrirlas y sofreírlas en aceite bien caliente. En Trujillo las aprovechan en las famosas carabinas, prima lejana de la hallaca, con que rellenan, como si se tratara de un guiso, la masa de maíz envuelta en hojas de plátano, a la que luego se le agrega el infaltable mojito trujillano. También se usan como relleno de empanadas, a las que se le agrega plátano maduro y hasta carne mechada. Mientras en todo el mundo se comen frijoles, nosotros seguimos comiendo caraotas.

Para seguir haciéndolo, hay que salir a votar este domingo 15 de octubre. Caraota mata quinchoncho.

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