11/29/2013

República Dominicana: Escrito en la arena / Diego Cuneo

Foto: Julián Bongiovanni / Enviado Especial
Ni bien se desembarca en este aeropuerto se siente que se llegó al corazón del Caribe. No sólo por el intenso calor y la altísima humedad que golpean a los que vienen de latitudes más frescas, sino por el aire distendido y la buena onda que transmiten los lugareños.

Punta Cana existe por y para el turismo. En el extremo oriental de la República Dominicana, no por nada tiene una de las mayores concentraciones de resorts del Caribe. Fue fundada en función de satisfacer una demanda que buscaba un lugar distinto y especial para vacacionar. Sus habitantes lo saben y lo hacen notar. Cordiales, amables, reciben con una sonrisa y se muestran curiosos por el origen del recién llegado: "A los argentinos parece que les gusta mucho Punta Cana porque siempre tenemos viajeros de allí. ¿Hace frío en Buenos Aires?", dice la oficial de Migraciones ni bien recibe el pasaporte.

Fuera del aeropuerto, bajo un sol inclemente, taxis, combis y camionetas de lujo van recogiendo a los turistas (en su mayoría parejas de luna de miel), fundamentalmente de Estados Unidos y Europa. Una vez dejada atrás la amable estación aérea, con techos de quincho y enormes ventiladores que parecen las hélices de un avión, el viaje hasta el resort dura menos de media hora. En el trayecto aparece otra sensación: a diferencia de muchos otros lugares de la región, aquí lo que sobra es vegetación: palmeras de todo tipo, manglares, bananos y decenas de otras especies conforman una selva cerrada y verde, muy verde, que sólo se ve interrumpida por esa larga lengua de asfalto que es la nueva autovía que conecta esta ciudad con la capital, Santo Domingo.

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