Existen pocos lugares en el Zulia donde los visitantes puedan sentirse realmente alejados de todo, isla Zapara es uno de ellos. Ubicada en el extremo del Lago de Maracaibo, donde se abre al Mar Caribe para formar el Golfo de Venezuela, este paraíso escondido abre sus puertas para quienes buscan sentirse libres, tranquilos y escapar de la ciudad.
Hace unos cinco años atrás, Zapara era apenas un pedazo de tierra más dentro del Lago de Maracaibo, el lugar predilecto para los estudiantes de fotografía, los scouts y los ambientalistas. Un paraje inhóspito al que muy pocos se arriesgaban a visitar, porque es una zona que carece de electricidad, agua potable y transporte automotor.
Pero de la misma manera que se mueven las aguas del Coquivacoa, así se fueron corriendo los rumores de la existencia de una isla semi desierta y casi virgen, que era algo así como un paraíso para los amantes del sol, la playa y la naturaleza; todo a pocos minutos de Maracaibo.
Así, gracias a las buenas referencias de todos quienes han visitado a Zapara en el último quinquenio, hoy la isla ha sido locación de un sinnúmero de editoriales fotográficos y videos, sitio de reunión de grupos scouts y ambientalistas, refugio de las tortugas marinas y vía de escape para los prófugos citadinos.
Y es que la Zapara de estos tiempos se mueve entre lo agreste y lo que para la cotidianidad isleña podría llamarse novedoso. Por un lado más del 70 por ciento de isla no posee alumbrado y el servicio eléctrico, que genera una planta a gasoil, fluctúa a capricho. La única calle del poblado es de piedra y va desde el puerto lacustre hasta la playa de mar, unos dos mil metros que se transitan a pie porque Zapara no tiene más calles ni vehículos de combustible. El agua potable es escasa y llega cada 20 ó 30 días en las gabarras que surten a Toas y San Carlos.
Por la otra arista, Zapara ha crecido. Ahora hay más casas construidas y otras en construcción; tiene una posada, dos casa que se alquilan para los visitantes y la enorme costa marítima, que otrora se mantenía desierta, ahora se ve plagada de carpas y cabañas de mangle y enea. Pero lo más pintoresco es la decena de burro taxis: carretas de madera con tracción animal que se encargan de movilizar a los turistas de un lado a otro.
En medio de todo, Francisco Rodríguez, el maestro, el eterno "Piñita", se mantiene inmutable buscando a toda costa el desarrollo turístico de Zapara, y su esposa "La Negra" sigue preparando suculentos almuerzos para los visitantes. En realidad toda la familia Rodríguez se encarga de atender y guiar a los viajeros, sean primerizos o frecuentes.
Quienes aún no conocen Zapara pueden aprovechar agosto y septiembre para hacerlo. Allí hay mucho que hace, como acampar en la playa, broncearse, nadar, hacer una fogata, visitar los médanos, pasear en carreta, alquilar un caballo, comer pescado fresco, desconectarse del mundo y vivir una aventura diferente en un paraje donde no hay televisión, internet ni blackberry que valga.
La Verdad - Reyna Carreño
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